Isaac Belmar

La venganza será mía

17 06 - 2020

La brújula de la diversión

Siempre me han fascinado esos autores que recuerdan la primera historia que escribieron, o cuándo decidieron que querían dedicarse a literatura y resulta que no levantaban dos palmos del suelo y sentían vocación, pasión o llamada.

Yo no recuerdo nada y yo no sé por qué empecé a escribir.

Si me paro a pensar, veo destellos borrosos creando mi propio libro con folios doblados y la grapadora roja de mi padre. Recuerdo también la Olivetti Lettera 42 en la que insistía con dedos pequeños, redactando historias del espacio, levantando con las dos manos el asa del maletín de transporte porque era un crío débil y de adulto no he mejorado.

Pero son eso, destellos. Ni motivaciones trascendentes, ni pasión o llamada (en las que no creo). Tampoco sentía ansia por contar historias a otro que no fuera yo.

Así que, si acaso, recuerdo la diversión que me provocaba leer. Las sensaciones y la imaginación a cien con apenas unas pocas páginas, porque sólo había dos canales de televisión y el tiempo no corría cuando los veranos eran largos.

Recuerdo que quería más de esa diversión y crear mis propias historias me parecía la mejor manera de tener lo que deseaba.

Ni más ni menos. Todo era una inclinación primaria y pura que seguir para tener más de algo que me gustaba. Desconocía cualquier connotación artística y resoplaba cuando a Julio Verne le daba por descripciones tan largas en algunos párrafos, porque yo quería saber qué pasaba con Barbicane, Arden y Nichols montados en una bala de cañón que apuntaba a la Luna.

Y reconozco que esa sensación de pura diversión se fue apagando un poco con el tiempo. Que empecé a mirar a la escritura con ojos más adultos. También tuve maestros que querían alejarme pronto de esas cosas (lecturas) de niños y empezar cuanto antes con Ulises a los catorce, porque supongo que el tiempo apremia y son demasiados los libros buenos sin leer cuando te marches.

Ahí están los dos volúmenes del Ulises todavía, Tomás. Pero en serio que a veces los hojeo cuando paso por delante. De hecho, creo que he leído el resto de Joyce antes que eso para fastidiar.

Esas motivaciones egoístas, puras e ignorantes son la mejor brújula y el motivo que puedo recomponer si me preguntan por qué empecé a escribir.

Durante este confinamiento he tratado de recuperar un poco ese espíritu de mera diversión en la lectura y ha salido como salen las cosas en la vida: así, así y con resultados dispares.

Algunos libros, pendientes desde muy joven y mitificados en mi cabeza, han sido como caminar por el fango (Gibson, te miro a ti), otros han sido una curiosa sorpresa. Pero la única cosa clara es que no se puede volver al hogar, ya lo decía Wolfe. No puedes recuperar del todo ese espíritu de pura diversión al que no le importaba nada más del libro excepto que, cuando mi madre abriera la puerta de la habitación, no me encontrara porque iba montado en una bala de cañón.

Pero aunque no se pueda volver, sí puedes acercarte un poco al viejo sendero, usando esa brújula infantil. Y no ser todo el tiempo un snob hijo de Pynchon.

Yo sólo leía primero y escribía después porque quería sentir cosas, quería reírme, gozar con ellas y que algunas se quedaran a vivir, aunque fuera en forma de destello borroso.

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