Isaac Belmar

La venganza será mía

10 04 - 2020

Las cosas que se nos quedaron a medio

Hace mucho tiempo conocí a alguien que me enseñó que las cosas que dejamos a medio son fantasmas que se nos quedan pegados, que a veces los escuchamos gemir y provocan esa desazón extraña, difícil de señalar con el dedo porque procede del más allá de lo que no vive pero tampoco hemos matado. Son ellas aunque no lo parezca, así que una de las cosas más importantes que podemos hacer por las que se quedaron a medio es terminarlas.

No sé qué habrá sido de aquel hombre, puede que haga al menos veinte años de su cazadora de cuero, el pelo por los hombros y la barba de mago. Pero todavía lo recuerdo en mi guerra constante por las cosas que se quedan a medio.

Como le pasa a muchos, mi cabeza bulle llena de ocurrencias y proyectos, cosas que hacer, frases que escribir, ideas que construir. De joven, la filosofía era que cuanto más, mejor, porque el tiempo no era un problema o al menos no lo parecía. Ahora el tiempo por delante es más escaso, pero las ideas no ceden en tirar para todas partes, con el resultado inevitable que no avanzas hacia ninguna y, tras una tarde febril o un par de días ocupados, lo que empiezas con tanta pasión vuelve a quedarse a medio y he ahí otro fantasma que he invocado sin querer.

Y a mí me gusta estar solo. Por eso, siempre me ha interesado saber cómo lidiar con las cosas que no terminan.

Los soldados

Hay unos pocos elegidos que, como siempre y como en todo, marchan igual que soldados desde el principio hasta el fin de lo que planean. No retroceden, vencen y vuelven a empezar con otra cosa.

Supongo que mienten al menos en parte cuando dicen que su casa no está encantada y ni sus cajones llenos de espectros, pero si la solución es ser ellos, me temo que está fuera de mi alcance. Siempre hay anomalías, siempre están los que destacan y a los que no les afectan esas cosas que a los demás nos atrapan, pero los soldados no sirven de solución general ni como modelo.

También hay quien mide más de dos metros y tiene más fácil llegar a las estanterías de arriba, pero esa solución tampoco es extensible al resto de los que no medimos eso, así que enhorabuena a los soldados, aunque no tiene mucho valor tratar de imitarlos si es que no somos ya uno de ellos.

El no por defecto

Esta es quizá la filosofía más útil para no dejar a medio, que la decisión por defecto ante cualquier cosa nueva que surja sea no, pensándose bien las excepciones. Algunos pueden pensar que es pesimista, pero todo lo contrario. Decir que no a todo por defecto libera tiempo para ocuparte solamente en las cosas importantes.

Decir que no, como decisión por defecto, es mi estado natural.

Finalizar lo que empiezas es el superpoder más importante y una cuestión de tiempo y trabajo, que sólo podrás conseguir si no lo comprometes en otras cosas.

Las ideas están sobrevaloradas y por todas partes, no valen nada por sí mismas a menos las ejecutes. Y que una idea surja no significa que le debas algo, especialmente seguirla hasta la madriguera.

Una variante de esto es la forma en la que Derek Sivers lidia con este tema: cuando surge, o es un «¡Joder, sí!» o es un no. O bien la alternativa. Le pones una nota y si no es un 10, entonces es un 0.

Decir que no es el camino difícil y suele haber valor en esos senderos. Quien dice que sí a todo no tiene más amor por la vida que el resto y sí un inconveniente serio, no sabe diferenciar lo importante ni comprende que las cosas cuestan más de lo que parece por culpa de la llanura.

La comprensión de la llanura

Creo que otra parte de la solución está en comprender que el punto medio de todos esos proyectos e ideas es siempre mucho más largo de lo que la ilusión inicial te dice. Ese punto medio es una llanura que no parece tener principio, fin o referencias.

Es la parte más dura de cualquier proyecto, pero no por difícil, sino por aburrida.

Más de una vez he hablado de que si quieres derrotar a alguien, lo mejor es aburrirlo y que abandone por sí mismo. Si te opones, muchos encuentran la forma de avanzar en la tormenta, aunque sea por despecho, una fuerza poderosa.

La fase de las ideas es muy sencilla y atractiva (por eso todo el mundo piensa que es bueno en ellas) pero la fase de hacerlas realidad implica épocas grises y pesadas.

Quizá por eso, cuando me proponen proyectos o me empieza a interesar algo, ya sé que no importa la pasión inicial, todo va a costar más de lo que creo y hay una llanura extensa que recorrer. Si no estoy dispuesto a recorrerla, recuerdo la regla principal, la manera más efectiva de que no ronde otro fantasma es no invocarlo.

Los 3 días

Todo lo que nos proponemos tiene una misma forma. La excitación inicial, la llanura interminable del punto medio, con los altibajos que la salpican, y el final, que no suele ser el que esperamos y en el que conseguimos que otro de nuestros fantasmas encuentre por fin el camino y el descanso.

La parte inicial es la más tramposa aunque no con mala intención, pero está llena de emoción y eso nubla el juicio.

Es difícil decirle que no a esa pasión inicial, así que prefiero decirle que lo veremos «dentro de tres días».

Espero esos dos o tres días y, si tras ellos conservo la misma ilusión y ganas, si es un 10 y no un 0, empiezo.

Los 3 años

Además de los tres días, existen los tres años, sobre todo para proyectos más a largo plazo o sin un final claro, como los de aprendizaje.

La regla es relativamente sencilla y sirve para identificar lo importante, otra pieza fundamental de este puzzle.

Si me imagino haciendo dentro de tres años lo mismo que quiero empezar ahora, entonces empiezo.

Muy probablemente esos tres años llegarán antes de lo que imagino.

La virtud de no seguir el camino recto

Sino los pasos de Richard Feynman. El famoso físico tenía una manera de lidiar con terminar las cosas que, al final, es la que suelo seguir desde mucho antes de saber que él también lo hacía.

Empiezas proyectos en paralelo que coges y dejas según el ánimo y el momento. Al final, siempre avanzas un poco en cada uno cuando te pones y, tarde o temprano, acabas terminando alguno.

Para mí, es la mejor manera de reconciliar la imposibilidad de decirme que no cuando algo me ilusiona lo suficiente y el pragmatismo de los trabajos y los días. De esta manera, llego al final de algunas cosas sin necesidad de alistarme como soldado. De esta manera tampoco se pierde la habilidad más importante, que es hacer, pero cambias la vista de unas llanuras por otras, lo que puede aliviar un poco la travesía por ellas.

Reconciliarse con los fantasmas

En el libro Refuse to choose de Barbara Sher hay una idea que te ayuda a reconciliarte con los fantasmas de las cosas a medio hacer, porque los exorcismos por la fuerza no funcionan e ignorar los lamentos tampoco.

Si ya no estás interesado en un proyecto que has empezado, es posible que sea porque ya has obtenido lo que estabas buscando realmente.

La noción es interesante porque plantea, en esencia, que quizá el objetivo principal no era terminar algo, sino aprender y comprender por qué querías o cómo se hacía ese algo.

O simplemente aprender que no se gana siempre, que no es poco.

Esto permite flexibilizar el no y no sentirte culpable cuando abandonas algo. Al fin y al cabo el 10 y el 0 no encajan demasiado con la realidad, que es más dada a tonos grises y números intermedios.

Además, lo de que los ganadores nunca abandonan es una noción sin sentido.

Los mejores abandonan todo el rato, saber hacerlo bien es una de las habilidades más importantes que uno puede cultivar. Yo era de los que no dejaba libros, series o películas a medio, pero la mayoría de las veces sólo caes en la trampa de la falacia de los costes hundidos. Si el Titanic se hunde, no tienes por qué hundirte con él.

La esencia de esta idea también es hacer las paces, que suele ser siempre una política mucho más efectiva porque no puedes ganar todas las guerras, no importa que seas el mejor soldado.

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