Isaac Belmar

La venganza será mía

24 06 - 2020

El primer rechazo

El título miente, no recuerdo el primer rechazo, no el literario. Supongo que fue algún concurso o alguno de esos relatos sin sentido ni pericia, que metía en los buzones con dirección a todas partes antes de que me saliera barba.

Pero recuerdo uno en especial, porque fueron dos rechazos en el mismo instante, como el uno-dos de un boxeador.

Uno, se acabó lo que tuviste con aquella chica, y dos, justo en ese mismo instante, en el bar de la esquina de una calle cualquiera (no quisimos manchar el que siempre nos gustó) me llegó también el rechazo de una editora.

Creo que se llamaba María, pero lo cierto es que hace demasiado.

Por aquel entonces, los móviles eran asuntos rústicos, pero tenía uno en el que, cacharreando lo suficiente porque entendía mejor a las máquinas que a las personas, podías consultar el email, otro asunto novedoso para muchos. Me sentía un hombre del futuro con aquello en el bolsillo, pero en realidad era el presagio de que los móviles iban a ser ventanas por las que los demás vuelcan basura y noes a tu patio.

Recuerdo que aquella chica fue al baño, que yo saqué el teléfono, vi el mensaje y ahí estaba otra mujer diciéndome que no.

Me lo callé, claro. Nadie supo nunca de la vergüenza de ese rechazo.

Siempre he quitado importancia a mi escritura ante los demás, me resulta un asunto incómodo porque la considero un asunto íntimo. Y que yo desperté tarde a todo, viví poco, escribía mal.

No le reprocho a María que me dijera que no. Si aquello se hubiera publicado, hoy no sabría dónde esconderme.

Yo había enviado unos cuentos a su editorial y uno le había gustado. Se titulaba La chica de la librería. Ella me escribió preguntando si tenía una novela en algún cajón, porque los cuentos ya se sabe, así que no los publicaban.

Y claro que la tenía, todos la tenemos.

Recuerdo que en aquel rechazo me dijo claramente: «No soy yo, eres tú». Me habló de economía del lenguaje y precipitación. Tras eso, recuerdo despedirme de aquella chica en la esquina de la Avenida de Aragón, frente al edificio del Ayuntamiento que derribaron. También recuerdo llegar a casa y no estar seguro de qué dolió más. Pongamos que lo literario por repentino, porque en aquella época lo ignoraba todo: cómo querer, cómo escribir y cómo conseguir que te digan que sí.

Me pasé la tarde añorando las oportunidades perdidas, pensando que, probablemente, no volvería a tener una ocasión parecida. A alguien de una gran editorial le había gustado y luego me había rechazado.

Volví a leer hace poco La chica de la librería y es un mal relato, lleno de lugares comunes del que sólo se salva el final. Pero hasta llegar a él has de atravesar una maleza de tópicos tramposos y emoción manufacturada por alguien que no entendía mucho de ella.

Se ve en cada coma y es que yo no sabía nada.

No me habían roto suficientes veces el corazón como para escribir bien y había vivido al margen, siempre el crío embobado en sus fantasías, siempre escondido en sus cosas e inquietudes solitarias.

Ignoraba casi todo de la vida y por eso no podía escribirla bien. Por eso, La chica de la librería era sólo una mala recreación de algo que había visto de lejos reflejado en el agua.

Supongo que, en el fondo, agradezco ese rechazo y muchos otros.

De no haber sucedido, ese libro me perseguiría aún y tendría mi nombre.

La chica de la librería es un mal relato, esa es la cuestión. Y supongo que aquella editora me debería haber dicho que no desde el principio, pocas cosas hacen tanto daño como la esperanza.

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