Isaac Belmar

La venganza será mía

05 09 - 2020

El motivo único

Hace una semana, en una reunión con amigos, el tema era el mismo de siempre y la frustración también idéntica: otra vez vamos mal con el tema del coronavirus, peor que el resto y se nos escapa de las manos.

Ansiosos por buscar culpables, los que sean, se optó por achacarlo a la irresponsabilidad de la gente. Y es verdad, algunos no hacen caso, otros son unos irresponsables y los de más allá unos idiotas.

Pero no es esa la única razón para esta situación ni para muchas otras.

Nunca hay un solo motivo para lo que es complejo e importante.

Pero es tan tentador poder señalar con el dedo… Aunque sea una razón contra la que podemos hacer poco o nada, al menos sabemos cuál es. Sabemos a quién tirar piedras y, casi siempre, esos ellos nunca somos nosotros, lo que da un extra de empuje al motivo.

Pero la realidad suele estar provocada por una serie de factores diferentes, entrelazados de formas complejas en un puzzle casi imposible de entender. Lo que ocurre es que es mucho más difícil comprender eso, requiere esfuerzo y trabajo. De hecho, en no pocas ocasiones, ni siquiera puedes localizar todos los factores, algunos permanecen invisibles y no está clara la dirección de la causalidad entre ellos cuando miras bien.

No estamos hechos para eso y se nota. Queremos algo rápido que al menos nos dé la paz mental de una certeza (aunque sea paradójicamente falsa). Es el truco más viejo del mundo, que la culpa es del inmigrante, del azul, del rojo, del blanco o del negro, la culpa es de ellos y nunca de nosotros.

El problema añadido es que ese chivo expiatorio y rápido puede ser fácilmente manipulado.

Basta aprovechar los sesgos cognitivos que todos tenemos y, con suficiente repetición, creeremos que la culpa es de lo que más percibimos.

Así, si lo que nos enseñan más a menudo son imágenes de gente con la mascarilla por debajo de la nariz y en aglomeraciones, empezamos a pensar que es también lo más probable.

Pero no es así necesariamente, no es así en la mayoría de casos.

Y teniendo en cuenta que, de entre millones de personas, siempre te puedo mostrar un puñado haciendo lo que quiero que veas, crees que no hacemos otra cosa y he ahí que todos esos de la televisión deben ser el motivo de mi frustración.

Las personas también estamos programadas para la narrativa. Y la narrativa del único motivo es poderosa y sencilla: «La culpa es de esto», lo cual se puede reafirmar con argumentos que ignoren claramente otras razones, mostrando sólo un lado de la casa, pero no la casa.

O en ocasiones ni siquiera te muestro la casa de verdad, pero qué más da.

El único motivo es fácil y nos suele mostrar una respuesta equivocada, pero al menos es una respuesta.

Porque queremos eso para cerrar nuestro círculo abierto y encontrar una solución, no necesariamente verdadera.

La verdad multifactorial que cuesta explicar no satisface a nadie. Nos crea demasiada carga cognitiva tratando de comprender una historia confusa y poco atractiva, exenta de emociones, que nos exige esfuerzo y, la mayoría de veces, no tiene un final que cierre el círculo de forma satisfactoria.

Porque al final de las preguntas adecuadas sólo suele haber más preguntas. Porque lo inteligente es tener más dudas que certezas.

Desde muy antiguo, antes de que la psicología clasificara y acuñara los sesgos cognitivos que nos hacen abrazar motivos únicos y narrativas sencillas, muchos ya sabían eso y lo empleaban para que una mayoría fuera en la dirección que señalaban.

Así que cuidado con los que tienen la verdad, especialmente una sola. Las cosas importantes no están hechas de eso.

Siempre que tengamos algo complejo delante, y creamos que todo se debe a un único motivo que se puede decir con el codo en la barra y un palillo en la boca, podemos apostar a que está equivocado.

Cuidado con los que están seguros y encantados de decirte por qué.

La verdad suele ser aburrida, nadie la quiere porque nadie la comprende del todo, al menos de manera sencilla y rápida. Suele ser un laberinto confuso en el que es difícil decir con seguridad: «Es esto o aquello».

Por eso los idiotas ganan terreno y los autoritarios resurgen de la cripta. Por eso los verdaderos expertos se quedan en segundo plano, no tienen certezas, si acaso un pedazo de verdad, pero confiesan que no toda y se desdicen cuando encuentran evidencia contraria.

Certezas tienen los dictadores y los tontos, que son demasiado tontos como para comprender lo tontos que son y lo mucho que ignoran.

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