Isaac Belmar

La venganza será mía

03 03 - 2020

El veneno de la mente

«¿Qué hace que algunas personas vivan hasta pasados los cien años?».

Hace poco escuché esta pregunta, dirigida a un investigador que se ha pasado toda su carrera profesional estudiando la longevidad.

Como es de esperar, las personas de más de cien años son anomalías estadísticas y, como tales, presentan características muy diferentes entre sí. Algunos no se han cuidado lo más mínimo y otros todo lo que han podido, unos se atiborran a chocolate y otros no prueban los dulces, unos fuman, muchos beben y otros no…

Lo cierto es que todos esos centenarios estudiados resultaban de lo más diverso y cada uno tenía un secreto al que atribuía su larga vida, pero resultaba tan diferente del de los demás, que no tenía un valor transmisible a los demás.

Pero sí había un fino hilo que todos tenían sin excepción, según este investigador, cuando te fijabas en ellos:

Las cosas no les importaban demasiado.

Es decir, que no se las tomaban demasiado en serio.

Habían estado sometidos a estrés y situaciones de carencia, habían perdido como los demás, habían sentido dolor y reveses porque un siglo bien da para ellos, ninguno era especialmente rico y muchos habían tenido una vida de trabajo duro. La cuestión no es que hubieran vivido más de cien años protegidos del estrés, la cuestión es que no se tomaban nada demasiado a la tremenda.

En definitiva, eran longevos porque no consumían a menudo el veneno de la mente.

Escribo, así que soy consciente de que la emoción lo es todo. La emoción causada por una situación, en muchísimas ocasiones, resulta peor experiencia que la situación en sí. Es la maldición de rumiar antes, durante y después, es dar la razón a Mark Twain:

He experimentado una gran cantidad de dolor y sufrimiento, la mayoría del cual nunca ha ocurrido.

Cuando era un chaval, leí Dune, la letanía contra el miedo de la Bene Gesserit se me quedó grabada. E hizo poco más que eso, porque he de reconocer que cometo todos los errores y, sobre todos ellos, dos que acabarán conmigo mucho antes de los cien si no acabo yo con ellos antes:

Me preocupo demasiado por las cosas y soy puntual.

Eso último significa que, probablemente, tampoco me entretendré a oler las flores de camino a mi última cita, al contrario que los que llegan tarde a todos lados y también a su propia muerte, dado que los datos dicen que suelen vivir más también.

El Grial está lleno de despreocupación y relojes atrasados, nuestro alrededor de un montón de mercaderes del veneno de la mente. La televisión, las redes sociales, los libros y cualquier otro medio descubrió hace mucho que el miedo consigue miradas y dinero.

Todos esos carroñeros trafican con el temor sin importar los años de vida que restan de la cuenta.

Al final, para los que somos incapaces de llegar tarde, la mejor manera de vivir cien años quizá sea cansarse.

Cansarse de escuchar ese zoco que no cesa, cada semana con un tema, cansarse de que te digan de qué tienes que tener miedo esta vez. Al fin y al cabo, tampoco te pierdes mucho cuando dejas de escuchar. Si lo importante sucede, te enteras de todos modos, incluso cuando intentas evitarlo activamente.

Desde hace mucho tiempo, mi objetivo no es no preocuparme, sino preocuparme de las cosas correctas. Y en el momento adecuado.

Lo he intentado, lo seguiré haciendo hasta mi último acto de impuntualidad, aunque creo que uno debe reconocer sus limitaciones y no creo que sea nunca como esos de más de un siglo que conocen la letanía del miedo sin haberla leído siquiera.

Así que, en la medida de lo posible, trato de aplicar la primera línea de defensa contra cualquier cosa: no estar.

Cuanto más desconecto y me sumerjo en el agua de lo que me importa, de lo que quiero dejar hecho antes de irme, más vivo. Además, creo que incluso la manecilla del reloj se está un poco más quieta, que son maneras de vivir cien años sin cumplirlos.

Y que creo que es un acto de dignidad no participar en el mercadeo del miedo, que no tiene nada que ver con comportarse como un insensato ni hacerse el ciego. Lo que pasa es que caminar por el punto medio de las cosas no genera demasiada emoción ni atracción, nadie te oye y nadie te mira, pero está bien porque sin tanto jaleo puedes empezar a escuchar otras cosas.

No importa que la preocupación o la ansiedad no se vean, nos están buscando para que no cumplamos cien.

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