Isaac Belmar

La venganza será mía

08 01 - 2020

Hemos olvidado cómo estar desconectados

Escribo esto en un tren sin Wi-Fi. El trayecto se realiza entre túneles y zonas despobladas, tierra hostil para la cobertura móvil.

Hace no mucho leí una reflexión de Bryan Lunduke acerca de que los humanos hemos olvidado cómo estar desconectados y le tomo el título prestado. Yo soy de una generación híbrida como él, que vivió la infancia y adolescencia sin Internet, pero la descubrió siendo joven. Ibas a la universidad a conectarte y unos años después escuchabas la canción del módem, varias veces si era necesario, como rito de paso a un camino lento de webs primitivas, exentas de publicidad.

Como bien dice Lunduke, conectarte era algo activo que tenías que hacer, un esfuerzo que duraba un momento más o menos breve, en un día principalmente desconectado de todo, excepto de lo más cercano. Hoy es al revés, ese es el estado por defecto y desconectar es lo que representa un esfuerzo vano o una circunstancia inevitable, como la que vivo ahora.

Siempre he amado la tecnología y creo que nunca dejaré de hacerlo. Para mí, para muchos, Internet ha representado la mejor oportunidad posible para lo que más me gusta: aprender. Solo por eso, siempre me resultará positiva en el cómputo global. En los primeros tiempos también me sirvió para conectar con gente que me interesaba, imposible de alcanzar de otro modo. El paraíso de un introvertido.

Pero llegaron los halcones. A estas alturas resulta obvio que estar siempre online nos ha desconectado de lo que nos rodea y el mundo ahí fuera pasa desapercibido. El libro sale y el móvil entra hasta que al libro no se le ve más por casa. Se fue y nadie lo echó de menos, pero es sólo el principio y, no sé cómo, me descubro mirando el teléfono en vez de la película que estaba viendo. Y los libros y las películas no importan comparados con otras cosas, con otras personas que corren la misma suerte. Es así como empieza siempre, con pequeñas cosas a las que no das importancia.

No soy un ludita, pero lo negativo empieza a superar a lo positivo de estar siempre conectado.

La capacidad de atención se ha reducido y la memoria también, las redes sociales son adictivas, deprimen y empeoran nuestra salud mental de múltiples maneras, afectando especialmente a los jóvenes y los niños.

Nos salvamos (sólo en parte) algunos que ya somos mayores, pero nada es más antinatural que una victoria para la vejez.

Hay quien alega que, en un futuro cercano, las tecnológicas deberán responder como lo hicieron las tabacaleras, porque todo esto no es un efecto secundario inesperado, es adrede. La enorme cantidad de psicología del comportamiento aplicada nos convierte en peleles de la pantalla y la red. O atraviesas estos páramos de naranjo y viñedo que ya no interesan a nadie como yo hago ahora en el tren, o es imposible librarse.

Y quizá lo peor está por llegar.

En un mundo cada vez mejor a pesar de los enormes nuevos problemas, la red es la excepción, porque queda poco de las primeras promesas.

No hace mucho, el New York Times publicó un especial aterrador de cómo estamos vigilados si estamos online y cómo el teléfono socava nuestros derechos más básicos sin que nadie haga nada. Ni siquiera apagar el teléfono cuando te das cuenta, porque soy un hipócrita y el mío sigue ahí encendido, aunque en silencio siempre y sin notificaciones desde hace mucho.

Un nuevo ejército de cuentas falsas, apoyado por la cada vez más potente inteligencia artificial, se prepara para influenciar de nuevo las elecciones norteamericanas de 2020. Como lo hizo en 2016, sólo que de forma más poderosa. En nuestro propio país hemos vivido esas maniobras. Los intentos patrios de socavar un proceso democrático estuvieron dotados de esa chapuza tan española. La mediocridad nos salva de momento, pero las redes son insoportables en cuanto a política. En cuanto a casi todo, la verdad.

De todas maneras, no hace falta irse lejos ni hondo para sentir la erosión. La nueva tierra es fértil para noticias falsas por todas partes, gurús insoportables y teorías de la conspiración.

En lo más cotidiano, la red nació como un servicio lento de páginas feas, no planeadas, rebosantes de encanto y producto de personas que deseaban conectar como fuera de una manera nueva. Ese era (casi) el único objetivo, algo muy humano.

Hoy, se ha cerrado el círculo por el principio y la web es un lugar incómodo que quiere vender(te) por encima de todo.

Mi conexión es veloz y mi móvil más potente que las computadoras que nos llevaron a la Luna, pero para visitar una web debo cerrar un par de anuncios, el aviso de las cookies, el popup porque no quiero darles mi email, la pantalla de que no quiero notificaciones y, cuando por fin puedo leer, la experiencia se arruina por constantes anuncios, titulares que vendían expectativas falsas y el peso de una página que no deja de observarme.

Me marcho de la página, pero lo que ha dejado en mí me perseguirá en forma de pequeño pixel y aparecerán anuncios delatores cuando esté visitando otras cosas.

Antes te conectabas para ser libre de las pocas opciones que tenías alrededor. Ahora, eres libre cuando desconectas y vuelves a esas pocas cosas, que te obligan a crear otras nuevas porque no hay más. Siempre serán mejores que el suministro inagotable de irrelevancia, bíceps, citas apócrifas, bulos y labios pintados. Buscamos aprobación por encima de nuestras posibilidades.

Paradójicamente, una de las cosas que más me gustó del artículo de Lunduke, (que trataba lo más cotidiano y sin duda importante) es que no creía que hubiera solución, o al menos él la desconocía.

Y es así. Muchas veces no hay solución o la desconocemos y hay que decir «no lo sé» más a menudo en un tiempo donde los ignorantes están más seguros que nunca.

Quizá la solución sean estos páramos al otro lado de la ventanilla, pero soy un pragmático. Sé que vivo en la solución de un par de horas en las que puedo crear, no importa lo mediocre que sea, en vez de consumir.

Además, no puedo y no quiero estar desconectado.

Por suerte o dejadez, mi móvil apenas suena, siempre lo tengo en silencio y mi WhatsApp puede estar callado durante días enteros. Nunca lo miro si estoy con alguien y apenas uso las redes sociales, a las que observo como a quién prometió sin cumplir. Y que yo siento el gozo de perderme las cosas.

Otros proponen soluciones que casi siempre pasan por dejar de usar redes y móviles. Pero eso no ocurrirá, es como la solución de decir que no hay que comer dulces ni beber alcohol. Es cierto, pero sólo sirve a unos pocos que son la excepción. Como solución general, no sirve de nada.

Quizá la esperanza es otro tipo de red, pero no triunfará masivamente o será el refugio de unos pocos que, en su mayoría y como los que hacen caso del párrafo anterior, no se ven gravemente afectados de todas formas. Servirá para cegar en parte a los que nos vigilan, eso sí, pero no creo que produzca un impacto reseñable. Se oscurecerán unos cuantos puntos, la mayoría seguirá ahí y de veras que no sé si hay solución.

Ahora que estar desconectado se ha convertido en un acto volitivo que cuesta esfuerzo, quizá también se haya vuelto precioso. Al fin y al cabo siempre he creído que las cosas valen lo que cuestan.

Desde luego, los pocos momentos que transcurro así se parecen más a aquella promesa de vivir sin tanta ansiedad y con el mismo número de imbéciles, eso es inevitable, pero eran imbéciles a los que antes no oía.

Y que cuando estoy desconectado, también dejo de ser el imbécil de los demás.

Lunduke se propuso recuperar ese acto volitivo de conectarte y estar por defecto sin datos ni WiFi durante el día, sólo en momentos puntuales, como en los viejos tiempos, como cuando éramos jóvenes. Me parece una excelente idea que no sé si funcionará. Pero al menos durante un tiempo, creo que yo también voy a intentarlo.

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