Isaac Belmar

La venganza será mía

25 12 - 2020

La Navidad y los lobos

Como en La Navidad de un niño en Gales de Dylan Thomas, hace años y años y años, había lobos donde yo vivía… y nevaba y nevaba. Hoy los lobos se marcharon, la nieve es escasa, del niño quedan ecos en los rincones de una casa, pero poco más.

Supongo que la percepción de la Navidad suele quedar influenciada para siempre por esos momentos de la infancia que se quedan, un palacio de la memoria donde pones recuerdos que ya no sabes a qué año corresponden exactamente y tampoco importa. Son un todo llamado Navidad. El futbolín modesto, Christmas Carol de Dickens en la televisión, el olor a leña, los anuncios de todos esos juguetes que no te podían comprar y no importaba.

Me lo pasaba mejor imaginando que los tenía, algo que pensé que era el recurso de un niño humilde, pero no, es una de las enseñanzas más importantes para cualquier edad.

De aquello hace mucho y las Navidades dejaron de ser ese momento dichoso pero, la gente se sorprende, me siguen gustando. Es algo que no esperan de mí, porque de adulto son otra cosa, el recuerdo del paso del tiempo, estrés por tener que servir a varios amos y compromisos, visitas al hospital con tu padre en una pandemia (nada grave). Ya no están hechas de aquello, pero no importa. Lo tuve y lo recuerdo, es probable que durante mucho tiempo si de verdad la vejez empieza devorando las memorias más cercanas. Quizá es su manera de pedir perdón, no lo sé, un acto de bondad en un trabajo cruel que quizá no le gusta.

Estos son los días en los que todos hacen balance, y ¿qué se puede decir de este año?

Que los tópicos tienen razón y yo odio a los tópicos, pero es verdad. Me he dado cuenta de que necesito menos cosas, también a menos personas y aún tengo que decidir si eso último es bueno o malo. También que no puedo prescindir de otras y que las cosas se pueden reparar o comprar si se rompen. Que te pasas el día corriendo sin saber hacia dónde, que la gente es imbécil y la gente es maravillosa… El lote completo de tropos.

También he recordado lo maravilloso que es lo ínútil. Aprender cosas que nunca tendrán una utilidad práctica, leer libros que no tratan de enseñarte nada, observar la vida simple de la grieta del techo, tumbado en el sofá con las manos tras la cabeza.

Ignorar el 99% de cosas que dicen y estar seguro de que no te has perdido nada.

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