Isaac Belmar

La venganza será mía

24 12 - 2019

Mirando al tiempo como a un niño pequeño

Albergo la noción secreta de que el tiempo es un niño pequeño. Es algo que no puedo demostrar, pero que sospecho. Por eso, hace poco me propuse comprobar si era cierto.

El paso de los días me resulta fascinante. Una vieja obsesión desde pequeño, desde la película La máquina del tiempo de Rod Taylor, ha sido manipularlo en la medida que pudiera. De adulto, eso se convierte en necesidad. Que el tiempo vuela cada vez más rápido con la edad es un tópico con explicaciones tan poco interesantes, que deben ser ciertas.

Para ver si todo se reducía a que era un niño pequeño, me propuse observarlo cada minuto durante siete días.

Mi hipótesis era que, igual que mis sobrinas, si las vigilas y lo notan, están sentadas y tranquilas. Pero en cuanto te despistas, la cama tiene pintadas nuevas líneas en la ropa y oyes un siseo extraño, huele a pintura y han encontrado los viejos botes con los que daba imprimación a las maquetas.

—¿Qué ha sido ese ruido? ¿Qué haces saliendo del trastero?

—Nada.

Descargué en el teléfono la aplicación Boosted y me propuse llevar la obsesión al extremo durante siete días. Si estaba un minuto despierto, anotaría exactamente a qué lo estaba dedicando. Sería consciente de en qué empleaba cada segundo.

Como suele pasar, las lecciones más interesantes fueron ajenas a lo que pretendía.

Una de las principales es la enorme cantidad de tiempo que ocupa lo cotidiano.

Todas las tareas de ese tipo, como comprar, comer o limpiar, tenían un color amarillo que matizaba los días de manera inequívoca. Por eso, los que dicen que tienes las mismas horas cada día que los ricos y famosos cometen un error fundamental: ellos no conocen el amarillo.

Otra de las categorías que trazaba era: «Ocio de bajo valor». Bajo ese paraguas se refugiaba lo típico: perder el tiempo navegando sin rumbo por Internet, redes sociales, leer mensajes de móvil… Ese ocio no es un problema en sí, el problema es que los cinco minutos que dijiste se convirtieron en una hora debido a la naturaleza que tiene. Trazarlo activaba un complejo de culpa que empezó a reducir su color rápidamente.

También compruebas que el tiempo es realmente lo más valioso y los demás lo quieren, absorbiéndolo como esos pájaros de pico largo en las flores.

Ese ocio de bajo valor es lo que te dan a cambio del tiempo en el que prestas atención a una irrelevancia con anuncios. Lo mismo ocurre con el trabajo de bajo valor en forma de interrupciones, emails a ninguna parte, trámites sin sentido, llamadas para nada, colas en el banco… Comprobé que he tenido cierto éxito reduciendo ese trabajo casi inútil, a base de reducir a los demás al mínimo.

Otra lección ya conocida fue que llevar las cosas al extremo te lleva pronto a la tierra de los rendimientos decrecientes. Porque hay valor en controlar a qué dedicas el tiempo, pero no en qué dedicas todo tu tiempo.

Sin embargo, hacer consciente lo inconsciente permite corregir. Examinando el tiempo te das cuenta de lo mucho que dedicas a lo que creías que no y lo poco que empleas en lo que piensas que sí. Es imposible enderezar un rumbo si no sabes dónde estás, de modo que trazar el tiempo me permitía eso, al convertir en un acto consciente lo que suele ser inconsciente.

Pero la cuestión es: ¿Tenía razón o no? ¿El tiempo se está más quieto si lo miras?

La pesadez acumulada de controlar cada minuto fue haciendo que los siete días parecieran nueve cuando llegaba al final. Pero la verdadera causa de eso, como en todo, estaba en las emociones y no en el acto.

Sigo sospechando que es un niño pequeño y veloz, pero creo que es invulnerable a las miradas, a casi todo lo que he intentado para atraparlo, el correcaminos de este coyote.

Sin embargo, funciona en cierta manera porque nosotros no somos inmunes a las miradas.

Desde comer menos donuts a ensuciar, pasando por repartir de manera justa, ser observados nos incita a comportarnos mejor. El Gran Hermano tiene razón de forma siniestra y la ilusión de ser observados nos puede hacer mejores personas, o al menos más civilizadas.

Porque yo creía que observaba el paso del tiempo, pero en realidad me observaba a mí.

De ahí esas correcciones a la hora de emplear los minutos, para encajar con una identidad y no provocarme una disonancia cognitiva.

No tengo problema con eso, me he acostumbrado a que las cosas funcionen de la manera correcta por las razones equivocadas.

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