Isaac Belmar

La venganza será mía

15 09 - 2020

El tiempo y el dinero

Últimamente, demasiadas conversaciones que tengo tratan de una de las dicotomías más viejas, tiempo y dinero. Es normal, supongo, porque cada vez me queda menos del primero y nunca tuve mucho del segundo.

Yo no creo que haya duda alguna ni elección, el tiempo siempre es más valioso que el dinero y no es algo surgido de las frases mediocres de la autoayuda.

Soy economista de formación y esa ciencia social está basada en una serie de premisas. La mayoría no paran de discutirse entre escuelas enfrentadas (lo que da a entender lo poco de ciencia que tienen las sociales), pero otras no, como la del valor.

El valor de las cosas está basado en la escasez y el tiempo es el ejemplo perfecto del bien más valioso posible. Tienes una cantidad limitada, no sabes cuánta, lo pierdes cada segundo sin remedio y es imposible de recuperar.

Da igual todo el dinero que tengas, ni el hombre más rico puede comprar un solo segundo cuando se acabe su tiempo. Eso da cuenta de que el valor del dinero no es menor cuando se compara con el del tiempo, es que es, literalmente, cero.

Pero claro, esta es la vida real y, hasta que la panadera me regale las barras, hay que tener un nivel de dinero para subsistir y, a partir de ahí, ya puedo ejercitar el privilegio de estos debates de salón.

Pero uno de los problemas de esta supuesta decisión entre tiempo y dinero es que ya la han tomado por nosotros. Con jornadas de 40 horas semanales (si es que tienes suerte), todo está diseñado para que no puedas elegir.

Hace no mucho leí un artículo interesante sobre el hecho de que esa jornada está construida con un motivo principal, el mismo de siempre: que consumas más.

Básicamente, casi todo el entorno está diseñado para ese fin, pero el hecho de que apenas te quede tiempo para cocinar, para el ocio, para limpiar y todas esas cosas que también componen la vida, hace que lo compres. No es casualidad que los supermercados triunfen con la comida preparada, que pagues una infamia por café aguado lleno de azúcar y añadidos, que la gratificación sea cada vez más instantánea, que alguien limpie por ti y que se anuncien todas esas cosas que te permitirán «ahorrar tiempo».

Que no hay ningún problema con que todo eso exista, excepto por el hecho de que en realidad no es una elección. Tienes que comer, pero no tienes tiempo, así que pagas para comer peor y enfermar más pronto, o la suciedad te come y te empeña las mañanas de un fin de semana en el que podrías estar por ahí.

El problema del tiempo, y de que ya nos hayan diseñado el hecho de no tenerlo, se agrava porque lo que no usas se atrofia. Así que, cuando tenemos tiempo por alguna razón, no sabemos qué hacer con él y lo que era un anhelo se convierte en una desazón que esquivar. El tiempo no se disfruta, es algo que «ocupar» o «matar» y siempre he creído que el lenguaje es significativo de muchas cosas, refleja verdades que no son demasiado aparentes.

El aburrimiento es necesario para la creatividad, es la fuente de la que mana, es el origen de las ideas, las mejores cosas están al final de ese aburrimiento. Si quieres crear, has de aburrirte primero, pero ya no sabemos y, de nuevo, todo se ha diseñado a nuestro alrededor para que usemos el verbo «matar» con él y con todo lo importante.

Desde la invención de la primera pantalla, el aburrimiento está como el resto de especies del planeta, en peligro de extinción por nuestra culpa, sustituido por algo mucho peor, pero que hemos comprado en su lugar: una ansiedad de bajo nivel, constante como la gota en la piedra y que no deja de erosionar, que ocupa el tiempo con gilipolleces sin valor, noticias enervantes, mensajes que te podías haber ahorrado, programas de entretenimiento estúpidos. Con la enésima story de morritos, escote, abdominales y bíceps. O con ese tuit ignorante que te cabrea, porque puedes comprar el veneno que quieras, los milagros de la vida moderna.

Y así, de story en story hasta que otra vez sea hora de trabajar. O de dormir, de la extinción o lo que dicte el diseño que nos han construido alrededor.

Como efecto secundario, se atrofia la capacidad de hacer otras cosas, como leer, aprender y practicar o mantener mínimamente la atención en algo que no dispare los mecanismos de recompensa en el primer instante (aunque los estimule en mucha mayor dimensión después, tras poner un poco de tu parte). Por eso, cuando alguien dice que siempre tienes otra opción, también se equivoca, porque las otras opciones han quedado esquilmadas e inservibles para muchos.

En realidad, no es un efecto secundario del diseño, es adrede de nuevo.

Así que no hay color, nunca lo hubo, no hay decisión, nunca tuvo cabida, todas esas conversaciones de los últimos días han sido vueltas alrededor de la nada, pero está bien. No todo el beneficio es utilitario, el mejor nunca lo es y el tiempo es más valioso que el dinero.

Así que supongo que hubo que pensar algo para destruir eso o que al menos lo olvidáramos, porque si no, no había manera de vender tanto.

Y ha salido bastante bien.

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